Llegamos a Fuente lo Alto en octubre de 2024. Lo que nos encontramos no era una casa: era un refugio fechado en 1920 que llevaba muchos años sin que nadie viviera dentro. Tardamos un año en dejarlo habitable.
Medio metro de barro y piedra
Lo primero que sorprende cuando abres una pared así es el grosor. Más de cincuenta centímetros, de barro y piedra, levantados por gente que no tenía nivel láser ni camión hormigonera y que aun así hizo algo que sigue en pie cien años después.
Hay piedras que forman parte de esas paredes y que siguen hoy dentro de la casa. No por romanticismo: sencillamente no pudimos moverlas. Son demasiado grandes. Así que están donde estaban, y ahora forman parte del salón.
Lo que no vamos a contar como no es
Se lleva mucho decir «bioconstrucción». En nuestro caso no sería verdad. Hemos usado termoarcilla y morteros industriales donde hacía falta, y no nos vamos a poner medallas que no nos corresponden.
Lo que sí hemos intentado, y en eso fuimos tozudos, es tirar de lo que da el entorno siempre que se pudiera y no salirnos de la estética de un cortijillo cordobés de familia de campo. Nada de señoríos. Esto es lo que es, y queríamos que lo pareciera.
Aprender haciendo, que es como se aprende mal y despacio
Roberto diseñó y ejecutó la obra sin tener ni idea previa de albañilería, fontanería ni electricidad. Se aprendió a base de intentarlo, equivocarse, deshacer lo hecho y volver a empezar, con muchas horas de vídeos de gente que sabe explicarlo bien.
Un año es mucho tiempo para una casa pequeña. También es el tiempo que tarda alguien en aprender un oficio a la fuerza. Las dos cosas son verdad a la vez.