Aquí, al otro lado de la valla, hay jabalíes, zorros, ciervos, ginetas y meloncillos. No es una lista de fauna de folleto: es lo que ronda de noche, y lo que explica por qué hay una valla.
Vallar no es echar a nadie
La finca tiene algo más de veinte hectáreas y la inmensa mayoría es monte y pastos, sin tocar. Lo que hemos cerrado es aproximadamente una hectárea: el huerto, los animales y el bosque comestible que estamos plantando. El resto sigue siendo suyo.
Dentro de ese cerramiento las gallinas y gallos, las ocas, los patos, las codornices, las palomas y los pavos andan sueltos, con pastoreo rotativo. Sin la valla, eso no sería posible ni una noche.
Unos trescientos metros, a ojo
Calculamos unos trescientos metros de malla cinegética. Decimos «calculamos» porque no lo hemos medido con cinta: es una estimación honesta, como tantas cosas por aquí.
El balance hasta hoy: no ha entrado nada. Ni un jabalí. Y eso, para lo que se cuenta de los jabalíes, ya nos parece un resultado.
El único que la cruza va en dirección contraria
El que sí se salta el cerramiento es Floki, nuestro bodeguero de doce años, que aprovecha que es pequeño y ágil para salir cuando le apetece. Se cree mastín a todos los efectos, pero tiene el cuerpo de otra cosa, y eso resulta que es una ventaja.
Rolo, Oso y Runa, que sí son mastines españoles, se quedan dentro haciendo su trabajo: dormir de día y vigilar de noche. Entre la malla y ellos, todavía no hemos perdido un animal.